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"El
derecho a elegir"
por Liliana Mora
“¡Cuando
pienso en todas las amarguras y angustias que nos
hubiéramos evitado si hace muchos años
alguien nos hubiera asesorado, nos hubiera dado esperanzas,
nos hubiera brindado su apoyo o sus conocimientos
sobre nuestro hijo, me enfurezco!”
El testimonio de esta mamá, repetido
por cierto por tantos otros padres en historias similares,
lo hemos escuchado muchas veces. Y, aunque nos duela
reconocerlo, es verdad.
A los padres de los niños sordos se les brinda
escasa o mala información en los servicios a
donde acuden. Los profesionales parecen desconocer la
problemática de la sordera y en muchos casos
no encuentran las palabras ni están preparados
para hablar del problema y es allí donde comienzan
los largos años de peregrinaje y confusión.
Las largas horas en los consultorios médicos,
la espera, las preguntas, los test diagnósticos,
pruebas, las generalidades interpretativas, la información
contradictoria, las presiones, la mala atención,
la soberbia profesional y la falta de caminos alternativos
que les permitan elegir la mejor opción para
el futuro de su hijo, son algunos de los tantos escollos
a los que se ven enfrentados los padres de un niño
con problemas auditivos.
Y el tiempo pasa...
Esta triste y compleja realidad que
viven los padres, hoy mueve a transcribir un artículo
que llegó a mis manos, en el cual la mamá
de Richard cuenta su experiencia en la búsqueda
individual de la mejor opción en la educación
de su hijo.
El artículo pertenece a la revista “Perspectivas.
Educación para niños sordos”, volumen
12, año 1993 y lo escribe Mary Jane Nichols,
Presidente del Programa recreativo y educacional para
niños sordos. Nueva York, EE.UU.
“Decidida a criar a mi hijo discapacitado auditivo
de la mejor manera posible para vivir en un mundo de
oyentes, encaré la realidad y tomé decisiones
difíciles.
¿Debe educarse mi hijo mediante el método
oral o por medio de un sistema manual?.
Con los derechos humanos de mi hijo en el corazón,
elegí el camino que me pareció más
difícil, pues de ninguna manera expondría
a mi hijo a ese perverso lenguaje de señas.
Memoricé y traté de implementar las reglas
indicadas para el óptimo desarrollo del oralismo,
reglas que implicaron grandes esfuerzos para él,
para mí y para los otros adultos que participaban
en la vida de mi hijo.
Tuve que asegurarme de que la luz siempre iluminara
mi cara, acuclillarme hasta el nivel de sus ojos y persuadirlo
para que observara mi rostro cada vez que yo monologaba,
de modo que él pudiera leer mis expresiones.
No era fácil; pero tuvo la virtud de darme, como
a otros padres que eligen este método, el sentimiento
de que hacíamos esfuerzos heroicos por lo que
era correcto para nuestros hijos. En lo que concierne
a Richard, este abordaje requería que aprendiera
a escuchar con sus audífonos, a leer los labios,
a estructuras frases y a comprender mensajes que sólo
le llegaban a través de diferentes movimientos
de la boca. Obviamente, requerimiento nada sencillo
para un niño que estaba muy interesado en jugar
y en disfrutar de su mundo infantil.
Encarando realidades
Cuando Richard tenía tres años,
ya no podía salir a la calle con él, los
berrinches eran permanentes, emitía sonidos estridentes
y se movía de un lado a otro tratando de expresarse.
Él no sabía qué era cada cosa,
cuando tuvo un dolor de estómago no lo pudo decir
porque no tenía idea de lo que era un estómago.
¿Y cómo decir “duele”?. Mi
hijo no tenía amigos y sólo se relacionaba
con su fonoaudiólogo y conmigo repitiendo algunas
palabras.
Con el tiempo comprendí que Richard era realmente
“Sordo” y no sólo un discapacitado
auditivo como el médico lo había diagnosticado.
A pesar de los esfuerzos enormes que hacíamos,
no se oralizaba, su vocabulario era muy pobre y no lograba
expresarse con claridad. Ante esta dura realidad me
planteé la necesidad de un cambio y allí
emprendí otro camino.
Me dirigí a la Asociación de Padres de
Niños Sordos. Allí me asesoraron y me
ayudaron a encontrar las respuestas a muchos interrogantes
con el consiguiente alivio que me produjo verme reflejada
en lo que también ellos habían vivido
y sabían perfectamente lo que yo estaba atravesando.
Al principio me sentí culpable hasta de pensar
en cambiar a un sistema manual, pero eso fue antes de
comprender realmente que había esperado algo
imposible de lograr en mi hijo.
Incorporando las señas
Y así llegué a ser una
defensora de las señas, ayudando a mi hijo a
aprenderlas y a usarlas como su medio primario de comunicación.
Al principio me resultaba confusa y en la prisa por
comunicarme con mi hijo encontré sus señas
muy difíciles de aprender y retener.
Richard, por su parte, las engulló como caramelo.
Casi inmediatamente comenzó a incorporar la mayoría
de las palabras que le iba enseñando y se mostraba
desconcertado por mi incapacidad para recordar las señas
que él usaba.
Trabajé muy duro, tuve momentos de desesperación,
pero poco a poco, a medida que mi vocabulario aumentaba,
todo resultó más sencillo. Todavía
tomo clases de lengua de señas y probablemente
continuaré los próximos años pero,
para mí, bien vale el esfuerzo.
Un vecino mío crió dos hijos sordos con
el método oral. Un día, observando una
conversación señada entre Richard y yo,
comentó: “¡Oh!. Usted eligió
la manera más fácil. Debe haber estado
bromeando”. ¿Por qué los oralistas
sienten que hacen tan noble sacrificio cuando lo que
realmente hacen es intentar enseñar al niño
sordo una lengua que ellos ya sabes usando métodos
que les parecen naturales justamente porque oyen?.
Richard y yo, a menudo, nos encontramos siendo el centro
de atracción en los paseos o en los supermercados
y, frecuentemente, me confunden por una persona sorda.
Me tomó un tiempo acostumbrarme a esto, pero
he aprendido a aceptarlo como una gratificación
por mi duro trabajo para llegar a tener esta fluidez
con las señas.
Comunicarme efectivamente
con mi hijo
Comunicarme con mi hijo es un gran regocijo,
y resulta maravilloso para ambos ser capaces de expresar
y compartir sentimientos e ideas. Yo descubrí
la aguda inteligencia y el sentido del humor de mi hijo.
No cambio nuestra comunicación y la comprensión
que la lengua de señas hace posible por nada
del mundo.
Para los padres que escogen no comunicarse efectivamente
con sus niños sordos, temo que su relación
nunca llegará a ser cercana.
Una de mis profesoras, una mujer sorda, me contaba que
ninguno de sus padres, ambos doctores, aprendió
las señas. Ellos todavía le hablan oralmente.
Me contó que cuando los visita no tiene sensación
de pertenencia y la mayor parte del tiempo no tiene
idea de lo que le están diciendo. Por eso ella
disfruta cuando les enseña a los padres a construir,
por medio de una comunicación gratificante, relaciones
normales con sus hijos sordos.
Si yo quería ser parte de la vida de Richard
y su cultura, no cabía otra elección que
aprender su lengua. Gracias a esta elección descubrí
que la lengua de señas no es un señal
de discapacidad sino que es el aspecto más relevante
de una cultura hermosa”.
En resumidas cuentas
Tal vez, la voz de Mary Jane Nichols
refleje el sentir de muchas otras mamás de niños
sordos que comparten la preocupación por conocer,
comprender y comunicarse con su hijo más allá
del medio utilizado, poniendo el acento en la intención
comunicativa.
Reflexionando sobre este caso siento alegría
por Richard y admiración por su mamá,
quien pudo decidir, dejando de lado los prejuicios y
contando con la información adecuada, con servicios
que pudieron ofrecerle distintas opciones para poder
elegir sin pérdida de tiempo y en edades cruciales
para el desarrollo del lenguaje, cuál era el
mejor camino para ese niño sordo.
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